La joven que no abortó

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En vez de este título podía haber puesto este otro: ¿El hijo del cura?, pero sería un tanto llamativo y no pretendo eso.

No voy a incidir en que el aborto es una degradación humana. No voy a quejarme de los que, de una u otra manera, hacen que el aborto aparezca como un accidente sin importancia. Yo, simplemente, os voy a contar una de las mayores alegrías que he recibido en mi vida, ya larga, por haber evitado un aborto.

Soy sacerdote y, justamente hoy, celebro el aniversario de mi ordenación sacerdotal. Por eso, quizás, me he atrevido a contar esta sencilla, pero entrañable historia, al menos para mí. . Me sucedió hace unos cuantos años. Estaba en Valencia y trabajaba en la Casa Cuna Santa Isabel, que regentan Las Siervas de la Pasión.

Todas las semanas mantenía una o dos entrevistas con las madres embarazadas o gestantes que estaban recogidas en esta institución. Unas veces era una charla de formación para todo el grupo y otras era un contacto personal con alguna de las chicas. (Para guardar la confidencialidad no diré nombre ni daré datos que pudieran revelar a la protagonista de esta historia) Semana tras semana hablaba con X, una joven embarazada que no sabía qué hacer.

Por una parte le repugnaba abortar, pero era consciente de que, si no lo hacía, su vida cambiaría totalmente y, la verdad, es que no tenía fuerzas para ser madre. Además, como en otros casos, ni siquiera sabía quién era el padre de la criatura que llevaba en su seno; su familia, una familia normal según los criterios sociológicos, le habían echado de casa; no tenía trabajo, porque estaba todavía estudiando?

Yo intentaba darle diferentes razones: que es niño que llevaba en su seno era parte de ella, pero, a la vez, no era de ella; que, sin duda, se parecería a ella; que también ella había pasado nueve meses en el seno de su madre, pero que su madre no podía disponer de ella?¿Hacía dónde se inclinaría su decisión? En la cuarta entrevista que tuvimos me dijo: Gracias por su preocupación, por sus consejos, pero, ¡estoy decidida a abortar!.

Creo que es lo mejor para mí y también para mi hijo?. Intenté hacerla ver que una vida es el mayor de los valores. Que su hijo sería en gran parte lo que él quisiera ser, aunque cometiera errores como ella había cometido, que la vida siempre es algo positivo, que, a pesar de las dificultades, ella sería capaz de sacar adelante a su hijo, como tantas mujeres – Gracias, pero ya lo he decidido. Sé que Dios me perdonará.

Me resultó extraño que nombrara a Dios. No lo había hecho en las tres entrevistas anteriores y yo no se lo había sugerido. Simplemente le dije: Dios nos perdona y te perdonará y tu hijo también en el cielo te perdonará, pero, sin duda, para él y para ti habría sido más hermoso que él conociera a su mamá ¡Piénsalo! Nos despedimos.

Con una fe, como pocas veces he tenido, suplicaba a Dios que la iluminara y que la diera fuerzas? Dejó la residencia de las Siervas. Y no volví a saber nada de ella hasta siete meses más tarde.

Como todos los martes por la tarde me acerqué a La Casa Cuna. Una religiosa me dijo; está ahí X? Me quedé sorprendido. ¿A qué había venido? No pensé que fuera para algo positivo. Me quedé de piedra al verla con un niño precioso.
Siempre se dice esto, pero era la pura realidad, en este caso, en sus brazos. Y así de golpe, me espetó: Aquí tiene a su hijo; sí, porque si no hubiera sido por usted yo habría abortado; gracias; ¡qué feliz soy!

No sabía que hacer, simplemente la abracé con todo el cariño, besé al niño y le dije: Eres una valiente? Mejor dicho, ¡eres madre! Hablamos y hablamos.

Se le notaba feliz, contenta; una y otra vez me daba las gracias. Aquella frase tan sencilla de que sería más hermoso que su hijo pudiera conocer a su madre, le había hecho reflexionar.

Jamás olvidaré esto: aquel día fue para mí uno de los días más felices de mi vida.

Anónimo.